lunes, 1 de abril de 2013

sabores...


Con plato de loza, los huevos fritos están para pedir pan y moja, los chorizos se desengrasan en el intestino grueso, no sin antes pintar de sabor las pupilas gustativas en el lienzo de la mirada con el que se retoca como pintura acrílica el rojizo pastel  de un vaso de vino tinto, mezclado con el pan blanco con la cruz en la corteza para que se distinga y se vea bien que el sabor que le da su harina procede del cielo.
Aromas de ayer y que hoy se recuerdan, en la sarten hirviendo  del  aceite de Oliva con el que las vistillas de la claras de los huevos se tuestan hasta crujir por dentro, y verse por fuera, de manera uniforme, sin etiquetas, solo con el sabor y el dinamismo que te da la yema amarilla al romperla en la miga de pan, de forma impetuosa, sin controlarse pero con la firmeza del sabor del corral y las gallinas camperas que en él las pusieron, sin aditivos ni colorantes, picotazos salvajes que marcan tendencia, y que hacen que lo pasado vuelva como lo hacen el otoño y la primavera, en forma de patatas a lo pobre, con su pimiento verde dejándose ver, dando olor al aceite y sabor al plato.
Vapores de ollas que señalan la puerta de la casa con una cruz, que al mediodía de sus ventanales salen olores a cocido, lentejas, habichuelas que así llamaba mi madre las judías blancas con su rabo de cerdo, y sus dos secretos, el del cerdo, y el que mi madre pone para que no estén duras, ni desechas, y sepan a gloria bendita, un lujo de hotel de cinco estrellas, y que tuve la suerte de conocer en el parador del numero 17 de mi calle.

Me gusta el queso que sea como lo somos el quijote y yo,  de leche de oveja, oveja manchega sin cruzamientos, como su vino,  con la corteza oscurecida en aceite de oliva, con su maduración de 60 días, de sabor a la mancha, fuerte, como su clima extremo, cortado en laminas triangulares cuya textura se evaporará en boca del comensal que tanta dicha tenga al degustarlo.

Se reconocer como el olor a ajo, me idolatra, con él, se construyen universos que curan todo lo que tocan, sopas de ajo  humildes con denominación de origen,  
Caprichos de hortaliza cuya bulba  se come en forma de dientes como gajos de mandarinas capaces de secar el reuma, de  favorecer el riego sanguíneo, bacteriológico, antiséptico,  desinfectante de la piel, combate procesos infecciosos del aparato respiratorio, antiinflamatorio  anticoagulante  es un buen digestivo, y además acompaña en la cocina mediterránea al aceite de oliva, legumbres, frutas y verduras…
Ajos tiernos, en ensaladas, en cremas,  gazpachos, revueltos, salteados, blancos  y morados, en ristras entrelazados unos con otros, siempre atentos a cualquier salsa, a cualquier plato, condimento y aderezo de costumbres que el mundo parece no haber podido cambiar a través de los tiempos.

Sobre el mantel a cuadros de la mesa camilla, el pan cortado a rebanadas es parte de ese ritual en el que la cuchara es la protagonista, no recuerdo mi infancia sin guisos ni ensalada de tomate y pepino, frunciendo el ceño al notar  el vinagre en las verdes hojas de la lechuga fresca, agua para la sed, y aquellas uvas que tanto tiempo hace que no veo, ni toco, ni saboreo, racimos que no cabían en mi mano, rojas sandias de agua y frescor, melón de piel de sapo,  manchego de secano, con sus estrías de azúcar en la corteza, dulces como la remolacha, como caña de azúcar,  melocotones con sabor a sangría y terciopelo, higos y brevas, flan y natillas, torrijas, flores manchegas fritas, de las que se comen a la vez que se huelen, 
sabores…


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