Con plato de loza, los huevos fritos están para pedir pan y
moja, los chorizos se desengrasan en el intestino grueso, no sin antes pintar
de sabor las pupilas gustativas en el lienzo de la mirada con el que se retoca
como pintura acrílica el rojizo pastel de un vaso de vino tinto, mezclado con el pan
blanco con la cruz en la corteza para que se distinga y se vea bien que el
sabor que le da su harina procede del cielo.
Aromas de ayer y que hoy se recuerdan, en la sarten hirviendo del aceite de Oliva con el que las vistillas de
la claras de los huevos se tuestan hasta crujir por dentro, y verse por fuera,
de manera uniforme, sin etiquetas, solo con el sabor y el dinamismo que te da
la yema amarilla al romperla en la miga de pan, de forma impetuosa, sin controlarse
pero con la firmeza del sabor del corral y las gallinas camperas que en él las
pusieron, sin aditivos ni colorantes, picotazos salvajes que marcan tendencia,
y que hacen que lo pasado vuelva como lo hacen el otoño y la primavera, en
forma de patatas a lo pobre, con su pimiento verde dejándose ver, dando olor al
aceite y sabor al plato.
Vapores de ollas que señalan la puerta de la casa con una
cruz, que al mediodía de sus ventanales salen olores a cocido, lentejas,
habichuelas que así llamaba mi madre las judías blancas con su rabo de cerdo, y
sus dos secretos, el del cerdo, y el que mi madre pone para que no estén duras,
ni desechas, y sepan a gloria bendita, un lujo de hotel de cinco estrellas, y
que tuve la suerte de conocer en el parador del numero 17 de mi calle.
Me gusta el queso que sea como lo somos el quijote y yo, de leche de oveja, oveja manchega sin
cruzamientos, como su vino, con la
corteza oscurecida en aceite de oliva, con su maduración de 60 días, de sabor a
la mancha, fuerte, como su clima extremo, cortado en laminas triangulares cuya
textura se evaporará en boca del comensal que tanta dicha tenga al degustarlo.
Se reconocer como el olor a ajo, me idolatra, con él, se
construyen universos que curan todo lo que tocan, sopas de ajo humildes con denominación de origen,
Caprichos de hortaliza cuya bulba se come en forma de dientes como gajos de
mandarinas capaces de secar el reuma, de
favorecer el riego sanguíneo, bacteriológico, antiséptico, desinfectante de la piel, combate procesos
infecciosos del aparato respiratorio, antiinflamatorio anticoagulante es un
buen digestivo, y además acompaña en la cocina mediterránea al aceite de oliva,
legumbres, frutas y verduras…
Ajos tiernos, en ensaladas, en cremas, gazpachos, revueltos, salteados, blancos y morados, en ristras entrelazados unos con
otros, siempre atentos a cualquier salsa, a cualquier plato, condimento y
aderezo de costumbres que el mundo parece no haber podido cambiar a través de
los tiempos.
Sobre el mantel a cuadros de la mesa camilla, el pan cortado
a rebanadas es parte de ese ritual en el que la cuchara es la protagonista, no
recuerdo mi infancia sin guisos ni ensalada de tomate y pepino, frunciendo el
ceño al notar el vinagre en las verdes
hojas de la lechuga fresca, agua para la sed, y aquellas uvas que tanto tiempo
hace que no veo, ni toco, ni saboreo, racimos que no cabían en mi mano, rojas
sandias de agua y frescor, melón de piel de sapo, manchego de secano, con sus estrías de azúcar
en la corteza, dulces como la remolacha, como caña de azúcar, melocotones con sabor a sangría y terciopelo,
higos y brevas, flan y natillas, torrijas, flores manchegas fritas, de las que
se comen a la vez que se huelen,
sabores…
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