Café pendiente...
Como cada tarde mientras el viento se ponía de acuerdo con
las ramas para dejar caer las hojas de los árboles, y el frío hacia tapar las bocas con bufandas de
lana de colores ocres, en la barra de madera antigua y brillos de barnices marrones, junto a la estufa de leña que
delimitaba el suelo de baldosas grandes con su tubo de acero ardiente,
Portadas de periódicos se asomaban al final de su fecha
diaria, con sus hojas de segunda mano arrugadas por quienes los leyeron.
Aquella tarde, me imagine las mesas de mármol frío como
lapidas, entre tertulias de hombres y mujeres, intercambiando versos como
cromos, entre café y café, con camareros de camisa blanca y pajarita, peinados
con la raya al medio.
El humo malsano de los puros habanos que de cuba venían
envueltos en vitolas con sellos de Partagás
y Montecristo
Tradiciones aquellas de poetas con capas y sombreros,
revistas literarias y bolsillos vacíos
de monedas, gente malsana que Vivían por y para la prosa y la poesía
samuráis que cumplían con sus obligaciones de caballeros,
con sus armas de valores y conceptos y estilos propios, de quijotes y sanchos
que se batían en duelo por dulcineas
Todo me retraía a la época en la que el aceite como materia
prima, era un lujo que muy pocos gustaban empapando sus migas en su densidad
liquida, con la errata que da la mancha de tinta imborrable en blanco papel,
ese legado de prosa de la calle de los años 30, cuando no todos utilizaban
pluma como hoy la cambiante informática.
Al pasar la puerta de aquel local del paseo de recoletos
teniendo como vecino el museo del prado, y de clientela a
generaciones del 27 y del 36, años de hambres de paz y de posguerras.
Recuerdo la sensación de poeta que tuve sentado frente
aquella cristalera del Café Gijón
quise saborear el hambre intrínseca de Miguel Hernández,
vestido de pobre, al lado de aquellas maduras vestimentas de Vicente
Aleixandre, Gerardo Diego, Lorca, Alberti…
tertulias de
anochecidos sábados, consumiendo horchatas, aguas de cebada y café de
puchero de ayer,
y me puse a hacer el tonto escribiendo unas frases sobre
unas servilletas de papel, emulandolos, poesía sin rima, renglones sin prosa,
sin una regla fija de sonetos y estrofas que hicieran historia como la de
ellos, aquella tarde sin cerilleros, ni madan que cantase, ni limpiabotas que dejasen
brillantes mis zapatos, me alce el cuello del jersey disimulando la capa mas
honrosa de aquellas de la época, y me vi poeta reflejado en el cristal de aquel
ventanal, mientas afuera no eran carruajes sino coches de grandes cilindradas
que circulaban en dirección al prado y Colon.

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