Lisboa, ribera de un tajo, que pierde su horizonte español,
y se retuerce en su estuario en forma de fado, con sus escalinatas y balcones de
tendales y ropas en sus barrio alto, de donde sale un hilo musical siempre
sonando por sus esquinas y sus portales se convierten por momentos en
improvisados pistas de baile a ritmo de samba, fusionando los tiempos del ayer
y de hoy cuando vasco de gama, sucumbía al oro brasileño, en época de especias y
ruta de nuevos descubrimientos de camino a la india.
Lisboa, romántica, de un clásico perenne que no madura,
besos bajo faroles encendidos, y el sonido antiguo de un tranvía moderno que
recorre sus calles a destiempo.
Lluvia que cae sobre adoquines, con sus gotas de agua
haciendo charcos, regueras que en forma de tajo bajan desde su parte alta,
paraguas y armónicas de afiladores que pasean por sus calles, en busca de navajas, cuchillos, tijeras que afilar en sus piedras a ritmo de pedal y bicicleta, sabores de tasca, de bacalaos en sus cientos de modos de saborearlos, comida casera , de antaño, imágenes
en blanco y negro sobre una Lisboa que también sabe vestirse a modo de fotograma
en color, una Lisboa mas vieja, mas moderna, mas distinta y siempre igual.
Lisboa, donde siempre se vuelve, porque el pasado es parte
del presente, y su futuro se escribe recordándolo,
y leyendo una frase de Saramago.
No hay comentarios:
Publicar un comentario