Camino de Santiago, ese que todos alguna vez pensaron hacer,
como el quijote que tan bien queda haberlo leído, aunque lo importante no es
leerlo sino comprenderlo, como el camino, que hay que disfrutarlo, compartirlo,
aunque no se termine, su enjundia estriba en el propio viaje no en llegar al destino,
sus gentes están a lo largo del mismo, tragando el polvo que se levanta cuando
caminas, en los cruces, sentados sobre
el bordillo de cualquier cruceiro, en los ríos con los pies metidos en sus
aguas frías, tumbados sobre la dura cama del ansioso albergue, en las noches de
tertulia sobre los bancadas de los soportales de la plaza del pueblo de los cientos que encuentras por
él, la generosidad de quien vas encontrando y te ofrece una tirita o te ayuda a quitarte las ampollas que como
canas y malas hiervas salen irremediablemente con el paso del dia, gentes que
no hablan tu idioma y que comprendes cuando te dan abrigo si sientes frío, y refugio en la lluvia cuando te mojas.
Elias Valiño Sampedro, párroco de O Cebreiro, una aldea de
la montaña de Os Ancares (Lugo), en 1984, comienza con la pintura que sobraba de las
carreteras en obras a pintar con flechas amarillas por los alrededores de su
parroquia, en puntos donde podría haber conflicto e indicar así el camino
correcto a seguir, después empezará con el trabajo de la recuperación, limpieza, y delimitación del Camino Francés desde Roncesvalles a Compostela, recorriendo sus
mas de 760 kms por el norte de España en su Citroen GS, cargado con botes de
pintura amarilla, en 1985 es declarado Comisario del Camino de Santiago, por la
promoción que su trabajo da al Camino, y que para muchos lo convierte en el
gran impulsor de una tradición que se
estaba perdiendo, la peregrinación a Santiago, el cura de O Cebreiro se convierte en el
Santiago Apostol del siglo XX, y su camino, en flechas amarillas que andando,
en bicicleta, o a caballo, todos quieren seguir.
Dicen que quienes realizan el camino guiados por sus
flechas, dejan de ser quien fueron, son acaparados por una magia intrínseca que
humedeciendo el alma te atrapa y no te suelta,
la choiva fina que hablaba gallego y fue parte de ti en tantos tramos, penetrando
en tus venas a modo de transfusión sanguínea de fe que te transforma y te hace crecer, crecer con mayúsculas, crecer como
personas, crecer para superar tus
propios limites, duro como las piedras que se fueron dejando atrás en el
camino, en sus recovecos, en forma de símbolos, de ofrendas, de estatuas, de
cruceiros, de puentes, de paredes, de catedrales.
la piedra, cuya dureza simboliza la generosidad que no desaparece y que vas conociendo tramo a tramo de tu
recorrido, se convierte en tu necesidad
de serlo para siempre, nada es igual después del camino, nada tiene tanto valor
para no ofrecerlo cuando se necesite.
Traer la verdad y acercar el cielo a la tierra, es posible
en el camino, guiándonos por el mas importante de los mandamientos, el de no
hacernos daño, encontrarse así mismo,
las flechas amarillas del cura de O Cebreiro marcan el camino para no perdernos en el
pecado, no pesan las piedras, pesan los hechos, y los vamos dejando con
nuestras actitudes hacia los demás, paso a paso el camino nos ofrece eso,
aligerarnos de nuestras faltas, no hay nadie mas que nadie en él, las imágenes
no son mas hermosas por estar en catedral o en capilla al aire libre a expensas
de la lluvia, el viento o el sol, lo escrito está en tu voluntad para dar lo
que tienes, lo que eres, lo mejor de ti esta por llegar, y llegaras tan lejos
como quieras, solo tienes que seguir las
flechas amarillas que guían tu camino,
un camino que no tiene distancias, y que has de realizar en comunidad
comprendiendo que gentes no te faltan en
el camino a quien ayudar, a través de
tus pasos, a través de las flechas amarillas.
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