lunes, 18 de febrero de 2013

flechas amarillas


Camino de Santiago, ese que todos alguna vez pensaron hacer, como el quijote que tan bien queda haberlo leído, aunque lo importante no es leerlo sino comprenderlo, como el camino, que hay que disfrutarlo, compartirlo, aunque no se termine, su enjundia estriba en el propio viaje no en llegar al destino, sus gentes están a lo largo del mismo, tragando el polvo que se levanta cuando caminas,  en los cruces, sentados sobre el bordillo de cualquier cruceiro, en los ríos con los pies metidos en sus aguas frías, tumbados sobre la dura cama del ansioso albergue, en las noches de tertulia sobre los bancadas de los soportales de la plaza  del pueblo de los cientos que encuentras por él, la generosidad de quien vas encontrando y te ofrece una tirita o  te ayuda a quitarte las ampollas que como canas y malas hiervas salen irremediablemente con el paso del dia, gentes que no hablan tu idioma y que comprendes cuando  te dan abrigo si sientes  frío, y refugio en la lluvia cuando te mojas.

Elias Valiño Sampedro, párroco de O Cebreiro, una aldea de la montaña de Os Ancares (Lugo), en 1984,  comienza con la pintura que sobraba de las carreteras en obras a pintar con flechas amarillas por los alrededores de su parroquia, en puntos donde podría haber conflicto e indicar así el camino correcto a seguir,  después empezará  con el trabajo de la recuperación, limpieza, y delimitación del Camino Francés  desde Roncesvalles a Compostela, recorriendo sus mas de 760 kms por el norte de España en su Citroen GS, cargado con botes de pintura amarilla, en 1985 es declarado Comisario del Camino de Santiago, por la promoción que su trabajo da al Camino, y que para muchos lo convierte en el gran impulsor  de una tradición que se estaba perdiendo, la peregrinación a Santiago, el  cura de O Cebreiro se convierte en el Santiago Apostol del siglo XX, y su camino, en flechas amarillas que andando, en bicicleta, o a caballo, todos quieren seguir.

Dicen que quienes realizan el camino guiados por sus flechas, dejan de ser quien fueron,   son acaparados por una magia intrínseca que humedeciendo el alma te atrapa y no te suelta,  la choiva fina que hablaba gallego y  fue parte de ti en tantos tramos, penetrando en tus venas a modo de transfusión  sanguínea de fe que te transforma y te hace crecer, crecer con mayúsculas, crecer como personas,  crecer para superar tus propios limites, duro como las piedras que se fueron dejando atrás en el camino, en sus recovecos, en forma de símbolos, de ofrendas, de estatuas, de cruceiros, de puentes, de paredes, de catedrales.
la piedra, cuya dureza simboliza  la  generosidad que no desaparece y  que vas conociendo tramo a tramo de tu recorrido, se convierte en tu  necesidad de serlo para siempre, nada es igual después del camino, nada tiene tanto valor para no ofrecerlo cuando se necesite.

Traer la verdad y acercar el cielo a la tierra, es posible en el camino, guiándonos por el mas importante de los mandamientos, el de no hacernos daño, encontrarse así mismo,  las flechas amarillas del cura de O Cebreiro  marcan el camino para no perdernos en el pecado, no pesan las piedras, pesan los hechos, y los vamos dejando con nuestras actitudes hacia los demás, paso a paso el camino nos ofrece eso, aligerarnos de nuestras faltas, no hay nadie mas que nadie en él, las imágenes no son mas hermosas por estar en catedral o en capilla al aire libre a expensas de la lluvia, el viento o el sol, lo escrito está en tu voluntad para dar lo que tienes, lo que eres, lo mejor de ti esta por llegar, y llegaras tan lejos como quieras,  solo tienes que seguir las flechas amarillas que guían  tu camino, un camino que no tiene distancias, y que has de realizar en comunidad comprendiendo que gentes  no te faltan en el camino a quien ayudar,  a través de tus pasos, a través de las flechas amarillas.

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