Le gustaba atender a la gente, eso le hacia sentirse no tan
diferente como los demás puede que le veían, los años se le multiplicaban por
dos en su rostro, su juventud fue dura, como lo es su madurez presente, con
familia pero sin ella los caminos del señor le llevaron a su esquina de
siempre, el sólo tuvo que andar por ellos y dejarse llevar por la las calles,
su vida era eso, para él no existían rebajas, ni cuestas de enero, conoció
algunos puentes pero nunca se fue de vacaciones, siempre se quedaba en ellos
viviendo debajo. Ahora pienso si no
sería injusto dar las gracias a Dios, por la vida que me tocó llevar, como
hacer para que nadie pida por la calle, y que todos tengamos lo necesario para
que el hambre sea una hipótesis más que nadie pueda demostrar.
Negro sobre blanco, es la vergüenza que pasé al acercarme a él, no era
por mí, yo sólo quise contribuir de manera ilusa con un euro, lo pasas mal
cuando te acercas a sus pertenencias, uno no esta acostumbrado a llevar una
vida en un par de cajas, como no lo está cuando recoges un premio en una
ceremonia, y tienes que hablar para todos,
no sabes como actuar, quizás la próxima vez puede que sean dos en vez de
un euro, y lo absurdo me deje preguntar
por su nombre, hablar a una persona no es tan difícil, el premio que recoja
será inmenso, sentirme solidario, aunque uno nunca llegue a serlo del todo.
ojala en la próxima vida, tengas mas suerte y seas tu quien tengas que luchar
con tus vergüenzas para acercarte a alguien, aunque sea a mí, y tus puentes sean de jueves a domingo,
y huelas
la piel de una mujer mientras te mira con deseo, y sepas lo que se
siente cuando lloras de felicidad, y te acerques a los cajeros con tarjeta de
crédito en lugar de cartones, y tus cajas no sean de cartón sino
bancarias, y viajes de un sitio a otro
en tu propio coche., y como buen marino, no te escondas del viento a sotavento,
y sientas el placer de navegar sintiendo la brisa en tu cara a barlovento
martes, 8 de enero de 2013
a sotavento
Como buen marino, estaba situado a sotavento, entidad
bancaria cuyo portal estaba refugiada de lluvias y vientos, el frío era otra
cosa, como el hambre, la humedad, que se metía en los huesos y que apenas
tocaban los cartones usados en el suelo. Sus pertenencias dos cajas que
intentaba ocultar bajo sus ropas, su
barba blanca sin arreglar contrastaban con su pulcritud, una fuente cercana
donde se aseaba todas las mañanas era cómplice de sus limpias manos, cada día
recorría el kilómetro y medio de distancia que lo separaba de un comedor
social, puntual a las doce, guardaba su turno, como buena persona, nunca dejó
de serlo, solo era pobre no maligno.
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