Como machado, “ligero de equipaje, viajando sobre la madera
de su vagón de tercera…”, nunca viaje en vagones de primera, ni me tome un café
en esos vagones restaurante lujosos, ni
dormí en coche cama, donde te despertaban
al llegar a la estación de tu destino.
Recuerdo el paso del tiempo, que han ido transformando sus
viejas estaciones en fríos edificios arquitectónicos, mas parecidos a centros
comerciales que a salones de espera de viajeros, vestidos de lugares lejanos
con sus maletas dispares. Y aunque sigan sus grandes relojes marcando las horas
al final del destino, en la estación ya nadie los mira como antes, la
vida camina mas deprisa para todos.
Recuerdo como nunca aquellos besos dados en blanco y negro en
sus andenes, fotos de color sepia con bigotes ridículos y ondulados peinados de amas de casa oliendo a
colonia. El humo espeso de sus locomotoras que echaban andar al compás de un
pitido de silbato y una bandera roja alzada al aire, lo demás son historias convergiendo
en un cruce de vías, mas estrechas y lentas que las de ahora.
Del tren recuerdo, los curas con sotana y sus monjas, en los
andenes los abrazos que se daban nietos
y abuelos, el respeto de antaño entre
ambos, los blancos uniformes de marineros, los niños de caqui vestidos de
hombre yendo a la mili, el aroma a café recién echo mezclado con puros en la cafetería,
y mis tortas de “Alcazar” inconfundibles.
Recuerdo sus billetes grandísimos de cartón duro, la espera
en los transbordos al cambiar de maquina, los bocadillos y las patatas fritas,
sus eternos viajes de un día entero,
recuerdo lo difícil que se me hacia bajar las ventanillas, que no me
dejaban ver el paisaje por dentro de afuera, el pantalón campana, y la chaqueta
a cuadros, las capas de importantes señores, recuerdo el mar y las montañas
donde el tren siempre me llevaba.
Del tren recuerdo mi pasado, mi niñez, mi juventud, mi presente,
recuerdo mi futuro
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