Solo así de repente no puedo imaginar como serán los días
dentro de miles,
Si dejaremos de ser mortales de por vida, para no envejecer
Y seguir siendo niños, saltando charcos manchándonos de barro siendo ingenuos, queriendo ser mayores sin conocer a nadie que sea mala
persona, jugar al escondite en las calles estrechas y firme de adoquines, casas
de pueblo de olor a pan y leña,
Mañanas de Domingos
de misa y ropa limpia, tardes de paseo y
frutos secos,
Veranos que siempre recordamos, porque somos mas libres y hay
menos reglas,
Playa o montaña, eras de pueblo, castillos, lagos y ríos
hambre de calderetas, postre de cuajada y de membrillos.
Crédulo de mi quiero pensar que la maldad no es tanta, que
no nos alejamos de la naturaleza, supimos ser mejores que malos un día fuimos,
arrepentirnos, no dejar de ser hombres,
ni personas, errores como todos cometimos, pero no fueron tantos ni tan graves,
pudimos con la quema de los árboles, el
deshielo de iglúes, la suciedad de ríos y de mares, la acidez de la lluvia, el
grisáceo del aire contaminado, pudimos
con el hambre, con las enfermedades, los días son el tiempo cuando se hacen de
noche, que después ya no vuelven, quiero
pensar que nosotros seguimos, aunque esos años cuando cumplimos siete, quince o
treinta, día a día ya no estén con nosotros, y pasemos por mucho los setenta.
Son pasos que damos dando tumbos de un sitio a otro,
diferentes destinos de cada uno, detalles
que no vemos al respirar deprisa y nos ahogamos, corriendo vamos a todas partes
cruzando aceras, la sonrisa es mecánica mientras damos los buenos días de plástico,
la sonrisa no se construye, esta hecha cuando nacemos, es
natural si sonreímos como lo hicimos de recién nacidos, ya no nos acordamos, mientras
la arrogancia, el orgullo la vanidad nos empuja y nos viste, la vida nos va llevando donde no queremos
estar, y dejamos de ser nosotros mismos para ser todo aquello que nos va
rodeando.
La vida es eso, y será mucho más si nosotros queremos que lo
sea,
Cuando un instante deje de ser recuerdos dentro de un rato
y su felicidad nos perdure en el tiempo, para después
guardarlo en el primer cajón de la mesita, en el fondo de armario, en el
reflejo al vernos del espejo de baño al
lavarnos la cara cada mañana, que la felicidad no sea metáfora, tengamos que
cogerla al levantarnos, como coges las gafas para vernos, y al
quedarnos dormidos, dejemos que repose en las pastas duras del libro que leemos
cuando se pone el sol anocheciendo y la luna dibuja nuestras sombras.
Felices para
hartarnos, cuando la juventud ya
no envejezca
y sea licito ser niño
después de los setenta.
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