Cada día, el ruido de su vespa negra marcaba las hora exacta
de las 12 del mediodía, puntual como
siempre, Matías, subía la cuesta acelerando el motor de su motocicleta, con su
cartera al hombro, a veces llovía, otras la niebla densa, no le dejaba ver el final
de la calle, su trabajo era ese la correspondencia, y con ella repartiendo alegrías,
tristezas, verdades anónimas, mentiras públicas.
María, llevaba años esperando su turno sin hacer cola, había
tomado la decisión de poner un nuevo buzón, que le trajera suerte, alguna vez
su sueño mejoraría su vida, y se haría realidad, podría leer su carta con la
paciencia con la que la esperó.
Su deseo contrastaba con su realidad, el desencanto no
la hicieron desistir de su compromiso de
levantar la ventana cada mañana, aun sabiendo que el sonido de la vespa de
Matías no se detendría en mitad de la cuesta a la altura de su número 17.
Él lo intuía, miraba
de reojo hacia aquella ventana de visillos blancos y silueta de mujer de pelo
largo, pero él más que nadie sabía que
su carta no la traía, era lo primero que revisaba en su reparto, buscaba con ansiedad aquella
dirección, aquel número de mitad de la cuesta, aquella carta que tanto esperaba
su destinataria.
Una y otra vez,
revisaba cada paquete, cada sobre que llegaba a su oficina postal, Matías no
podía ser su remitente, pero no le importaba haberlo sido, pensó en ello en
muchísimas ocasiones, nada justificaba el tiempo que pasaba esa mujer esperando su carta en aquella ventana cada
mañana.
No se rinde, el tiempo pasa y ella lo desafía con su
sosiego, nada la retrae de su deseo
algún día la vespa de Matías, parará en su puerta, y él no
le echara la carta en su buzón, se la
dará en mano y esperará a que María la abriese, para ser cómplice de su
lectura, ya lo ha sido durante todo el tiempo de su espera.
María es así, sabe que no tiene nada mejor que hacer en su
vida que esperar esa carta que no llega, nadie conoce el nombre de su
remitente, quizás no fuera escrita nunca, y su sello solo estuviera pegado en su
cabeza, no es importante tanto encontrar lo que buscas, sino buscarlo, llenar
de expectativas las mañanas, confundir a Matías que mirando de reojo sus
cortinas, participa de ello cada día.
Son las doce menos cinco del mediodia, María impaciente,
define su espera como larga, ayer fue
domingo y Matías no pasó por su calle, no subió su cuesta, ni escuchó el sonido
de su motocicleta, la carta es el motivo, Matías todo su tiempo, toda su vida.
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